La decisión de Sony puede marcar el principio del fin para el formato físico y, con él, para una forma de entender los videojuegos que nos ha acompañado durante más de cuarenta años.

La reciente decisión de Sony de poner fecha al final del formato físico para los nuevos lanzamientos de PlayStation a partir de 2028 ha provocado un terremoto en toda la industria. Como era de esperar, las redes sociales se han llenado de opiniones enfrentadas. Algunos consideran que simplemente se trata de un paso lógico hacia un mercado completamente digital, mientras que otros ven en este anuncio el comienzo de una época en la que las estanterías dejarán de contar historias para convertirse en simples espacios vacíos.

En Generación XR podríamos limitarnos a hacer lo mismo que el resto de medios y analizar porcentajes de ventas digitales, costes de fabricación o cambios en los hábitos de consumo. Todo eso ya lo hemos leído durante años y, probablemente, tenga sentido desde el punto de vista empresarial. La industria evoluciona, las compañías buscan rentabilidad y el mercado acaba imponiendo sus propias reglas.

Pero hoy no queremos hablar de economía.

Queremos hablar de emociones.

Porque creemos que este debate nunca ha tratado únicamente de una caja de plástico con un disco dentro. Quien reduce el formato físico a eso, probablemente nunca haya entendido por qué millones de personas seguimos mirando nuestras estanterías con el mismo orgullo con el que otros contemplan una biblioteca llena de libros o una colección de discos de vinilo.

Lo que realmente está en juego no es un soporte.

Lo que está en juego son los recuerdos que ese soporte representa.

Y quizá sea precisamente ahí donde muchos ejecutivos jamás conseguirán entender a quienes llevamos toda una vida creciendo junto a una consola.

disco

¿Recuerdas cuando comprar un videojuego era casi tan emocionante como jugarlo?

Los que ya tenemos unos cuantos años encima sabemos perfectamente de qué estamos hablando. Da igual si creciste con una Atari 2600, un MSX, un Spectrum, una Mega Drive, una Super Nintendo o cualquier otra máquina que hoy ocupa un lugar privilegiado en la estantería de casa. Todos compartimos exactamente la misma sensación cuando pensamos en aquellos años. Comprar un videojuego no era simplemente adquirir un producto. Era un acontecimiento que podía marcarte toda la semana, incluso todo el mes.

En una época donde Internet no existía para el gran público, donde las revistas especializadas eran casi nuestra única ventana para descubrir las novedades y donde los videojuegos llegaban con cuentagotas, cada compra se convertía en una auténtica aventura. Ahorrábamos durante semanas, repasábamos una y otra vez las páginas de Hobby Consolas, Micromanía o Super Juegos, discutíamos con nuestros amigos sobre cuál sería el siguiente título que merecía la pena y soñábamos con el momento de tenerlo, por fin, entre las manos.

Todavía recuerdo perfectamente aquellos cartuchos de Atari 2600 y, poco después, los juegos de MSX. Entrar en una tienda especializada era como acceder a otro mundo. Las estanterías estaban llenas de portadas espectaculares que despertaban nuestra imaginación mucho antes de ver un solo píxel en movimiento. Cogías una caja, la girabas lentamente y comenzabas un ritual que hoy prácticamente ha desaparecido. Leías la contraportada una y otra vez, analizabas cada captura de pantalla intentando descubrir secretos donde probablemente no los hubiera y dejabas que tu cabeza hiciera el resto. Aquellas cuatro imágenes bastaban para imaginar mundos inmensos, enemigos imposibles y aventuras que parecían no tener fin.

Lo mejor llegaba cuando salías de la tienda. El juego seguía guardado en la bolsa, pero para ti la aventura ya había comenzado. Durante el camino de vuelta apenas podías contener las ganas de abrir la caja. Quitabas el plástico con un cuidado casi enfermizo, como si estuvieras desenvolviendo un objeto sagrado. El olor del manual nuevo era inconfundible. Pasabas sus páginas despacio, admirando cada ilustración, leyendo la historia, aprendiendo los controles y descubriendo detalles que hacían crecer todavía más las ganas de llegar a casa. Muchas veces conocías el nombre de todos los personajes antes incluso de haber pulsado el botón de inicio.

Y es curioso porque, visto desde la perspectiva actual, todo aquello podría parecer una pérdida de tiempo. Hoy descargamos un juego en cuestión de minutos, vemos decenas de vídeos antes del lanzamiento y conocemos absolutamente todo sobre él incluso antes de jugarlo. Tenemos más información, más comodidad y un acceso infinitamente más rápido que hace treinta años. Sin embargo, por el camino hemos perdido algo que ninguna conexión de fibra óptica podrá devolvernos jamás.

Hemos perdido la capacidad de imaginar.

Aquellas portadas exageradas, aquellos dibujos imposibles y aquellas descripciones escritas con más entusiasmo que precisión conseguían que cada jugador viviera el videojuego incluso antes de introducir el cartucho o el disco en la consola. La experiencia comenzaba mucho antes de jugar y, precisamente por eso, cada nuevo título terminaba ocupando un lugar especial en nuestra memoria.

Quizá por eso hoy seguimos siendo capaces de mirar una vieja caja olvidada en una estantería y recordar exactamente dónde la compramos, quién nos acompañaba aquel día o cuánto tiempo tuvimos que ahorrar para conseguirla. No recordamos únicamente el juego. Recordamos un momento concreto de nuestra vida. Y eso, por mucho que avance la tecnología, jamás podrá descargarse desde una tienda digital.

disco

Nos fueron quitando la magia… y apenas nos dimos cuenta

Lo más curioso de todo es que este final no ha llegado de golpe. No ha sido una decisión aislada ni una sorpresa de última hora. Si echamos la vista atrás, veremos que llevamos más de dos décadas perdiendo pequeñas partes de esa magia sin apenas darnos cuenta. Ha sido un proceso tan lento que, como ocurre con casi todo en la vida, nos hemos ido acostumbrando poco a poco hasta aceptar cosas que hace años nos habrían parecido impensables.

Hubo un tiempo en el que abrir una caja de un videojuego era casi como abrir un pequeño cofre del tesoro. Dentro no encontrabas únicamente el cartucho o el disco. Encontrabas un manual que no se limitaba a explicar los controles, sino que ampliaba la historia, te presentaba a los personajes y te hacía sentir que formabas parte de aquel universo incluso antes de empezar la partida. Muchos juegos incluían mapas desplegables, ilustraciones exclusivas, pequeñas cartas de bienvenida, fichas de personajes o incluso pósteres que terminaban colgados en la pared de nuestra habitación durante años.

Y luego estaban esos pequeños detalles que hoy recordamos con una sonrisa. ¿Quién no se acuerda de la mítica rueda antipiratería de Monkey Island? Aquella especie de disco giratorio que hoy podría parecer una molestia era, para nosotros, casi un objeto de colección. Sacarla de la caja, alinearla correctamente para descubrir el código y poder comenzar la partida formaba parte del ritual. En aquel momento nadie imaginaba que, años después, echaríamos de menos hasta un sistema antipiratería.

Lo mismo ocurría con las enormes cajas de PC que ocupaban media estantería, con aquellas ediciones de LucasArts, Sierra, Origin o MicroProse que parecían auténticos libros interactivos. No solo comprábamos un videojuego. Comprábamos un pedazo de ese mundo. Las ilustraciones, los mapas, los diarios de los protagonistas o aquellos pequeños cómics convertían cada lanzamiento en algo único. Incluso cuando el juego no era perfecto, la presentación conseguía que sintieras que estabas llevándote a casa algo especial.

Sin embargo, la industria comenzó a cambiar lentamente. Primero desaparecieron los manuales completos y fueron sustituidos por unas pocas hojas. Después llegaron las cajas cada vez más pequeñas y austeras. Más tarde dejaron de incluir cualquier tipo de contenido adicional y acabamos aceptando que el interior de una edición física estuviera completamente vacío salvo por un disco. Ni una ilustración. Ni una explicación. Ni un simple agradecimiento del equipo de desarrollo. Nada.

Lo aceptamos porque pensábamos que era el precio del progreso.

Después llegaron las primeras cajas que ni siquiera incluían el juego completo y obligaban a descargar varios gigabytes nada más introducir el disco. Más adelante aparecieron las cajas que escondían únicamente un código de descarga, eliminando incluso la necesidad del soporte físico. Y cuando quisimos reaccionar, nos encontramos pagando cien, doscientos o incluso trescientos euros por ediciones coleccionista para recuperar parte de aquellos extras que antes formaban parte de la edición estándar.

La ironía resulta casi dolorosa. Lo que durante décadas fue una experiencia normal terminó convirtiéndose en un lujo reservado para quien pudiera permitírselo. Nos acostumbraron a recibir cada vez menos contenido mientras nos convencían de que era completamente normal. Poco a poco dejamos de abrir una caja con ilusión para limitarnos a comprobar si el disco estaba bien colocado en su sitio.

Quizá ese fue el verdadero comienzo del problema. No cuando desaparecieron los manuales. Ni cuando dejaron de incluir mapas o bandas sonoras. El verdadero problema llegó el día en que dejamos de exigir algo más. El día en que aceptamos que comprar un videojuego ya no significaba vivir una experiencia completa, sino simplemente adquirir una licencia para jugar.

Y, sin apenas darnos cuenta, el formato físico dejó de ser una celebración para convertirse en un simple trámite. Una caja. Un disco. Y, en muchas ocasiones, ni siquiera eso.

disco

El principio del fin llegó mucho antes de lo que imaginábamos

Sería tremendamente injusto señalar únicamente a Sony como la responsable de esta situación. La realidad es que el formato físico lleva años perdiendo terreno y, siendo sinceros, todos hemos contribuido de una forma u otra a que esto ocurriera. Nosotros también. Porque, aunque nos duela reconocerlo, el formato digital nos conquistó con argumentos difíciles de discutir.

La llegada de plataformas como Steam cambió para siempre la forma de comprar videojuegos. Lo que al principio muchos veíamos con cierta desconfianza terminó convirtiéndose en una revolución. De repente ya no era necesario desplazarse a una tienda, esperar al día de lanzamiento o cruzar los dedos para que quedaran unidades disponibles. Bastaba con un par de clics para tener cualquier juego instalado en nuestro ordenador en cuestión de minutos. Poco después llegarían las grandes ofertas, las rebajas de verano, las promociones de invierno y una comodidad que terminó cambiando para siempre nuestros hábitos de consumo.

Las consolas siguieron exactamente el mismo camino. Las tiendas digitales comenzaron a crecer, las conexiones a Internet mejoraron y descargar un juego completo dejó de parecer una rareza para convertirse en algo cotidiano. Comprar desde el sofá, iniciar la descarga mientras estábamos trabajando o encontrar descuentos que en ocasiones superaban a los de las tiendas físicas terminó convenciendo incluso a muchos de los jugadores más tradicionales.

Y, siendo honestos, sería absurdo negar todas esas ventajas. El formato digital ofrece una comodidad extraordinaria, elimina problemas de stock, permite acceder a juegos antiguos con enorme facilidad y facilita que pequeños estudios puedan publicar sus proyectos sin depender de una distribución física. Todo eso ha sido positivo para la industria y también para los jugadores.

Sin embargo, mientras disfrutábamos de esa comodidad, ocurrió algo que apenas percibimos. Dejamos de ser propietarios para convertirnos, poco a poco, en simples usuarios de una licencia. Nuestros videojuegos dejaron de ocupar un espacio en la estantería para almacenarse en una biblioteca virtual cuyo acceso depende de servidores, cuentas de usuario y políticas empresariales que pueden cambiar en cualquier momento. Sin apenas darnos cuenta, aquello que antes podíamos prestar, vender, intercambiar o conservar durante décadas comenzó a transformarse en un producto completamente ligado a una plataforma digital.

Quizá el mayor error fue pensar que ambos formatos podrían convivir para siempre. Durante años vivimos convencidos de que cada jugador elegiría la opción que más le gustara. Quien quisiera descargar sus juegos tendría esa posibilidad, mientras que quienes seguíamos disfrutando del placer de abrir una caja continuaríamos encontrando nuestro sitio en las tiendas. Parecía el equilibrio perfecto, una convivencia donde nadie salía perjudicado.

Pero la historia nos ha demostrado que la industria rara vez mantiene dos modelos cuando uno resulta mucho más rentable que el otro.

Las ventas digitales crecían año tras año. Cada informe mostraba porcentajes cada vez más elevados. Cada nueva generación de jugadores veía con mayor naturalidad comprar un juego sin tocar jamás una caja. Y mientras tanto, el formato físico comenzaba a convertirse lentamente en un producto minoritario. No porque hubiera dejado de tener valor para millones de jugadores, sino porque el mercado empezaba a dejar claro cuál iba a ser el camino elegido por las grandes compañías.

Por eso, aunque la noticia anunciada por Sony haya sorprendido a muchos, la realidad es que el terreno llevaba años preparándose para un momento como este. Lo intuíamos. Lo comentábamos entre amigos. Cada vez que una edición física llegaba sin manual, cada vez que un disco obligaba a descargar medio juego o cada vez que una gran oferta digital superaba cualquier precio de las tiendas tradicionales, una pequeña voz en nuestra cabeza nos repetía lo mismo.

Algún día dejarán de fabricar videojuegos en formato físico.

Y, por desgracia, ese día ya ha dejado de ser una simple posibilidad para convertirse en una realidad que puede cambiar para siempre la forma en la que entendemos este hobby.

disco

La noticia que todos esperábamos… pero que nadie quería escuchar

Cuando Sony publicó su comunicado, las redes sociales explotaron casi al instante. Era imposible que ocurriera otra cosa. En cuestión de minutos comenzaron a aparecer vídeos de creadores de contenido, hilos interminables en X, publicaciones de coleccionistas mostrando sus estanterías y mensajes de empresas que llevan toda la vida apostando por el formato físico. La sensación era prácticamente la misma en todas partes: tristeza, resignación y una pregunta que se repetía una y otra vez.

¿Y ahora qué?

Porque, siendo sinceros, el verdadero miedo no está únicamente en la decisión de Sony. El verdadero miedo está en el precedente que acaba de crear. Cuando una de las compañías más importantes de la industria decide abandonar un modelo que ha acompañado a varias generaciones de jugadores durante décadas, resulta inevitable pensar que el resto terminará recorriendo exactamente el mismo camino.

Nintendo ya empezó a dejar entrever hace tiempo hacia dónde soplaba el viento con algunas de las decisiones adoptadas alrededor de Nintendo Switch 2. En PC, el formato físico prácticamente desapareció hace años y hoy es poco más que un recuerdo para los coleccionistas. Xbox también ha reducido progresivamente su apuesta por las ediciones físicas y ha centrado buena parte de su estrategia en el ecosistema digital y los servicios de suscripción.

¿De verdad alguien piensa que Sony será la última?

Esa es la pregunta que hoy sobrevuela la cabeza de millones de jugadores. Porque cuando una pieza tan importante del dominó cae, resulta difícil creer que las demás permanecerán en pie durante mucho tiempo. La industria lleva años caminando en esa dirección y este anuncio parece confirmar lo que muchos temíamos desde hace tiempo: el formato físico ya no es una prioridad para quienes toman las decisiones.

Y, sin embargo, lo que más duele no es pensar en el próximo lanzamiento que compraremos mediante una descarga. Lo que realmente entristece es imaginar cómo serán nuestras estanterías dentro de diez o quince años. Es difícil no sentir un pequeño nudo en el estómago al pensar que quizá llegue un momento en el que dejemos de hacer aquello que tantos hemos repetido durante toda la vida: entrar en una tienda el día del lanzamiento, buscar una caja concreta entre las estanterías, volver a casa con la bolsa en la mano y colocar orgullosos un nuevo videojuego junto al resto de nuestra colección.

Puede parecer una costumbre insignificante para quien nunca ha sentido esa ilusión, pero para muchos jugadores forma parte del propio hobby. Nuestras estanterías no son un simple mueble donde acumular cajas. Son una especie de diario silencioso que cuenta quiénes somos. Basta recorrerlas con la mirada para recordar etapas completas de nuestra vida: aquel juego que compramos con nuestro primer sueldo, el que nos regaló un familiar en unas Navidades inolvidables, el título que descubrimos por casualidad en una pequeña tienda de barrio o esa edición especial que llevábamos meses esperando con la ilusión de un niño.

Cada caja tiene una historia.

Cada portada nos transporta a un momento concreto.

Cada videojuego ocupa un lugar físico… y también uno emocional.

Quizá por eso esta noticia ha dolido tanto. Porque no estamos asistiendo únicamente al final de un formato comercial. Estamos viendo cómo una forma de entender el coleccionismo, el frikismo y la pasión por los videojuegos comienza a desvanecerse ante nuestros ojos. Y aunque entendamos perfectamente los motivos empresariales que han llevado a tomar esta decisión, eso no hace que resulte menos amarga para quienes seguimos creyendo que un videojuego puede ser mucho más que un icono perdido entre cientos de títulos dentro de una biblioteca digital.

disco

En Generación XR lo tenemos claro: el formato físico merece seguir existiendo

Llegados a este punto, queremos dejar una cosa muy clara. En Generación XR no estamos en contra del formato digital. Sería absurdo estarlo. Nosotros también compramos juegos en Steam, descargamos títulos desde PlayStation Store, disfrutamos de ofertas irresistibles y entendemos perfectamente que la distribución digital ha permitido que miles de estudios independientes lleguen a jugadores de todo el mundo sin depender de una edición física. Sería hipócrita negar una realidad de la que nosotros mismos también formamos parte.

Lo que defendemos no es una guerra entre dos formatos.

Defendemos la libertad de poder elegir.

Porque el problema nunca ha sido que exista el formato digital. El problema aparece cuando una única opción empieza a imponerse sobre todas las demás hasta hacer desaparecer cualquier alternativa. Hay jugadores que disfrutan teniendo toda su biblioteca en una consola o en un PC sin ocupar espacio físico, y nos parece una opción tan respetable como cualquier otra. Pero también existimos quienes seguimos emocionándonos cuando abrimos una caja por primera vez, colocamos un nuevo juego en la estantería o contemplamos una colección que hemos construido durante décadas con paciencia, ilusión y muchísimo esfuerzo.

Y esa ilusión no debería desaparecer porque alguien haya decidido que ya no resulta suficientemente rentable.

También nos preocupa profundamente todo lo que esta decisión puede arrastrar consigo. Detrás de cada edición física no solo hay un videojuego. Hay estudios que apuestan por lanzar sus obras en formato tradicional, distribuidores que trabajan para que esos títulos lleguen a nuestras tiendas, pequeños comercios especializados que sobreviven gracias a ese mercado y miles de aficionados al coleccionismo que mantienen viva una parte fundamental de la cultura del videojuego.

Por eso queremos reconocer el enorme trabajo que llevan años realizando compañías como Meridiem, Tesura Games, SelectaPlay, Red Art Games, Perp Games, Microids y tantas otras que continúan apostando por algo que va mucho más allá de vender una caja. Gracias a ellas seguimos disfrutando de ediciones cuidadas, de manuales cuando es posible, de libros de arte, bandas sonoras, steelbooks y pequeñas sorpresas que convierten la compra de un videojuego en una experiencia especial. Mientras muchos daban por muerto el formato físico, ellas han seguido luchando para demostrar que todavía existe un público dispuesto a valorar ese trabajo.

Desde nuestra humilde posición como medio especializado seguiremos apoyando esa forma de entender este hobby. Continuaremos dando visibilidad a las ediciones físicas, anunciando reservas, celebrando lanzamientos y compartiendo cada nueva colección que llegue a nuestras manos con la misma ilusión que el primer día. Porque creemos sinceramente que preservar el formato físico también significa preservar una parte de la historia del videojuego. Una historia que no debería desaparecer únicamente porque los balances económicos apunten hacia otra dirección.

Quizá el mercado termine imponiendo sus propias reglas y el futuro sea completamente digital. Es una posibilidad que no podemos ignorar. Pero mientras exista una sola empresa dispuesta a apostar por una edición física, mientras haya un estudio que quiera cuidar su obra más allá de un archivo descargable y mientras queden jugadores capaces de emocionarse al colocar una nueva caja en su colección, creemos que merece la pena seguir defendiendo esa forma de vivir los videojuegos.

Porque algunas batallas, aunque parezcan imposibles de ganar, simplemente no deberían dejar de librarse.

disco

Ojalá dentro de unos años podamos volver a leer este artículo y comprobar que estábamos equivocados

Puede que dentro de unos años miremos atrás y descubramos que todo este debate quedó en un simple susto. Ojalá. Ojalá el formato físico encuentre su hueco, aunque sea más pequeño. Ojalá las compañías comprendan que todavía existe una comunidad enorme que sigue disfrutando de esa experiencia y que el coleccionismo continúe formando parte de esta industria durante muchas décadas más.

Porque, aunque a veces se olvide, los videojuegos también son cultura. Son historia. Son patrimonio de una generación que ha crecido viendo evolucionar este medio desde unos pocos píxeles en una pantalla hasta mundos capaces de emocionar como una gran película o una novela inolvidable. Y la cultura no debería desaparecer únicamente porque resulte más rentable distribuirla de otra manera.

Quizá para algunos una estantería llena de videojuegos no sea más que una acumulación de cajas de plástico. Nosotros vemos algo completamente distinto. Vemos tardes enteras ahorrando la paga para comprar aquel lanzamiento que parecía inalcanzable. Vemos cumpleaños que todavía recordamos con una sonrisa porque debajo del papel de regalo aparecía ese juego que llevábamos meses esperando. Vemos viajes en coche leyendo el manual de principio a fin antes incluso de llegar a casa. Vemos amigos intercambiando discos en el patio del colegio, padres que nos acompañaban a la tienda un sábado por la mañana o abuelos que, sin entender demasiado este mundillo, sabían que aquel videojuego nos iba a hacer inmensamente felices.

…Cada caja cuenta una historia.

…Cada portada guarda un recuerdo.

…Cada pequeño roce en una esquina nos recuerda un momento de nuestra vida que nunca volverá.

Eso es precisamente lo que nunca podrá ofrecer una biblioteca digital.

No importa lo rápida que sea nuestra conexión a Internet, lo cómodo que resulte pulsar un botón para descargar un juego o lo espectacular que pueda llegar a ser la tecnología dentro de diez años. Hay emociones que simplemente no pueden comprimirse en un archivo ni almacenarse en un servidor.

Quizá por eso este artículo no pretende convencer a nadie de abandonar el formato digital. Tampoco busca señalar culpables ni alimentar una guerra que no beneficia a nadie. Lo único que pretende es recordar algo que, con el paso del tiempo, parece que muchos han olvidado: que los videojuegos nunca fueron solo software.

Siempre fueron recuerdos.

Y los recuerdos no entienden de balances económicos.

En Generación XR seguiremos celebrando cada nueva edición física que llegue a nuestras manos. Seguiremos apoyando a las distribuidoras que continúan apostando por este formato, a las tiendas que todavía reservan un rincón para las cajas que tanto nos emocionan y a todos esos jugadores que siguen sintiendo un cosquilleo especial cuando colocan un nuevo videojuego en su colección.

Porque creemos que una estantería llena de videojuegos no habla de lo que has comprado.

Habla de lo que has vivido.

Y si algún día llega el momento en el que el último juego en formato físico abandone una cadena de producción, no diremos que ha desaparecido una caja de plástico. Diremos que se ha cerrado uno de los capítulos más bonitos de la historia de este hobby.

Y eso, por mucho que avance la tecnología, nunca dejará de dolernos.

«Mientras exista una sola caja esperando ocupar un hueco en una estantería, en Generación XR seguiremos creyendo que el formato físico merece un futuro. Porque las descargas llenan discos duros. Las colecciones llenan recuerdos.»…. Generación XR

Tagged
Suscríbete
Notificar sobre
guest

0 Comments
Oldest
Newest Most Voted